Carlos Alvarado- Primero enterraron de un solo golpe el emblema caribeño en el propio corazón de los Estados Unidos al imponerse ante República Dominicana. Más tarde, envuelto en la bandera latinoamericana, Cuba izó ese pabellón en una de las pocas nubes que rondaron el cielo de San Diego y colocó por todo lo alto del mundo su beisbol apasionado, atractivo y deslumbrante
Después de haber dejado en el camino a Venezuela y Puerto Rico, la selección cubana aspiraba a cerrar con broche de oro puro con una victoria sobre Japón.
Pero no fue posible. Un asalto de los nipones en la misma primera entrada tenía por el piso las ilusiones de toda América Latina y a la postre se impuso a la guerrillera Cuba 10-6, ante 42,696 aficionados que respaldaron al contingente caribeño de principio a fin en el Petco Park.
Hitoshi Tamura con cuatro carreras impulsadas y el derecho Daisuke Matsuzaka, con una formidable faena en cuatro innings, hicieron posible que Japón irrumpiera en la historia como el primer campeón del Clásico Mundial de Beisbol al que concurrieron un total de 737,112 aficionados.
“Gracias a todos los fanáticos por su respaldo. Este ha sido uno de las noches más significativas de mi vida y eso que yo he disfrutado de grandes partidos. Este será inolvidable”, dijo el mánager Sadaharu Oh, líder máximo de los jonroneros de Japón.
Por su parte, Matsuzaka, quien fue elegido el Jugador Más Valioso del torneo, subrayó con la seriedad que caracteriza a los orientales que: “Me llevo este trofeo, que jamás lo imaginé, y también se va conmigo una experiencia única. Tengo que dar crédito a mis compañeros, entre todos hicimos felices a todo Japón después que casi estábamos eliminados, pero no vencidos”.
El revés que deja a los cubanos a la orilla de otra proeza, fue a la cuenta del abridor Ormani Romero, quien no sacó más que un out. Romero fue relevado con las bases llenas por Vicyhoandry Odelín quien golpeó a Hitoshi Tamura, regalando la quiniela. Era el principio del fin de una historia que los cubanos escribieron con letras doradas.
Frederich Cepeda produjo tres de las seis rayitas de Cuba, dos con un cuadrangular en el octavo, pero fue una reacción tardía e insuficiente y los antillanos se van a su país con balance aún positivo sobre Japón: 33-5.
“Nos vamos con la frente en alto. Fuimos un solo hombre. Siempre lo hemos sido. Fue algo grandioso para el pueblo cubano. Me llevo una experiencia enorme. Ellos [Japón] hicieron mejor las cosas. Todo les salió bien, merecían este triunfo”, dijo Cepeda.
La victoria fue para Matsuzaka, el mismo que se impuso a Cuba en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.
Una mezcla sensacional
A primera vista las ceremonias previas al partido dejaron la impresión de una clausura de Juegos Olímpicos y así cerraron la jornada con gran pompa.
De no haberse escuchado un cuarteto sonero en las afueras del estadio, cualquiera hubiese pensado que se había equivocado de sitio.
El puertorriqueño Jim Perry en las congas, el venezolano Adolfo Suárez en los teclados y dos estadounidenses con safoxón y trompetas a la mano, amenizaban el ambiente y daban matices caribeños al santuario de los Padres de San Diego.
Ahí justo a la orilla del conguero boricua, estaba Andrés Bañuelos, coreando y siguiendo el son con todo lo que le permitían piernas.
Pero, esperen un momento, Bañuelos no es cubano. Es un joven de origen mexicano que ha viajado a Cuba y simpatiza con la selección perlantillana desde siempre.
“Soy chicano, de sangre mexicana. Mi madre es de Monterrey, Nuevo León, y mi padre de Nayarit. Pero me gusta el beisbol y he seguido siempre a la selección cubana. Me fascina su juego y entrega en el terreno sin ninguna condición. Hoy pase lo que pase, ya se dieron el gusto de dar un repaso a las Grandes Ligas”, dijo Bañuelos, quien lucía una camiseta original cubana, y una boina roja con una estrella negra al frente.
Pero no sólo Bañuelos estaba embelesado con el ritmo perlantillano, a un lado estaba Nate Zell, un estadounidense estudiante de ciencias políticas de la Universidad de Seattle.
“Me ha fascinado su forma de jugar al beisbol. También he estado estudiando la revolución cubana y me parece interesante”, señaló Zell, quien previamente había desembolsado 97 dólares por una camiseta original de Cuba.
Del son a lo clásico
Las congas de Perry seguramente ya reposaban cuando unos 80 miembros de la Sinfónica de San Diego invadieron en el terreno, mientras los representantes de Cuba y Japón hacían su entrada al parque en fila india, al estilo olímpico.
Con una enorme esférica mundial cubriendo en su totalidad el montículo, los cubanos desfilaron del sector derecho hacia el plato y los nipones hicieron lo propio desde el jardín izquierdo.
Después de que parte de la famosa sinfónica sandieguina lanzara al viento los himnos nacionales de Japón, Cuba y Estados Unidos, una enorme descarga de fuegos artificiales cruzaron el cielo.
Acto seguido, cuando las dos representaciones se dirigían a sus respectivos dugouts, miles de serpentinas parecían caer del firmamento dando al escenario un matiz esplendoroso.
El honor del lanzamiento de la primera bola se le confirió al legendario Hank Aaron. El máximo jonronero de la historia de Grandes Ligas, fue acompañado por Sadaharu Oh, dueño de 888 cuadrangulares en el beisbol japonés. Aaron conectó 755, una marca que busca superar Barry Bonds. |